
– ¿De veras?
– Sí. Estoy muy orgullosa.
Irguió la espalda y miró de forma pensativa a Tanner, que parecía que fuera a expirar en cualquier momento.
– ¿Soy más vaguiente que Tannel?
– Valiente -lo corrigió Cate.
– Vallliente.
– Muy bien. Y es Tanner.
– Tannerrr -repitió el niño, haciendo especial hincapié en la última consonante.
– Recuerda: tómate tu tiempo para pensar y te saldrá de un tirón.
El niño, extrañado, ladeó la cabeza.
– Quién es el cabrón.
– ¡Tucker! -horrorizada, Cate se quedó de una pieza y boquiabierta-. ¿Dónde has oído esa palabra? El niño la miró todavía más extrañado.
– La acabas de decir tú, mami. Has dicho: «Te saldrá el cabrón».
– ¡De tirón, no el cabrón!
– Ah -el niño frunció el ceño-. De tirón. ¿Y quién es el tirón?
– Da igual -quizá había sido una coincidencia; quizá el pequeño ni siquiera había oído la palabra «cabrón» en ningún sitio. Después de todo, el alfabeto sólo tenía veintiocho letras, por lo que no debía de extrañarle que confundiera unas con otras. Si ella no le hubiera dicho nada, quizá el crío lo habría olvidado al cabo de unos segundos. Sí, claro. Lo perfeccionaría en privado y lo soltaría en el peor momento, sólo para avergonzarla, seguramente delante de su madre.
– Siéntate y juega mientras Tanner está en la silla de castigo -le dijo, dándole una palmadita en el hombro-. Volveré dentro de diez minutos.
– Ocho -dijo Tanner, que revivió lo suficiente como para lanzarle una mirada de rabia.
Cate miró el reloj; tenía razón, le faltaban ocho minutos. Ya llevaba dos minutos en la silla de castigo.
Sí, a veces sus hijos le daban miedo. Podían contar hasta veinte, pero todavía no les había enseñado a restar; además, su concepto del tiempo se limitaba al «ahora mismo» y al «dentro de mucho, mucho tiempo». En algún momento, mientras escuchaba en lugar de hablar, Tanner había aprendido algunas operaciones matemáticas.
