
Sin embargo, el señor Harris era tan tímido que se lo imaginaba murmurar algo después de la cena, subir a su habitación y desaparecer hasta la mañana siguiente. Pero, ¿y si no era así? ¿Y si los niños querían estar con él en lugar de con ella? Se sintió insignificante y mezquina por preocuparse por algo así pero… ¿y si lo preferían a él? Ella era el centro de sus jóvenes vidas y no estaba segura de estar preparada para dejar de serlo. Algún día tendría que hacerlo, pero ahora solo tenían cuatro años y eran lo único que le quedaba de Derek.
– ¿Y? -preguntó Sherry con las cejas arqueadas mientras esperaba noticias, buenas o malas.
– Viene hacia aquí.
– Entonces, lo has pillado antes de que se fuera a hacer otra cosa -añadió Sherry, tan aliviada como Cate.
Cate miró a sus hijos, que estaban sentados mirándola fijamente y con las cucharas en el aire.
– Tenéis que acabaros los cereales o no podréis ver al señor Harris -les dijo, muy seria. No era exactamente cierto, porque el señor Harris estaría allí en la cocina, pero tenían cuatro años; ¿qué iban a saber ellos?
– Nos daremos plisa -dijo Tucker, y los dos empezaron a comer con más energía que precisión.
