
– ¿Y las manos atadas? -pregunté.
– ¿Quién sabe? -dijo Martínez, encogiéndose de hombros.
Fijé la vista en los dos hombres.
– Estáis ocultando algo -señalé-. Me salís con eso de «no tenemos pistas», pero vais a practicar una detención por la mañana, ¿no es cierto? En el horario del Post. Algo os traéis entre manos. Bueno, no hace falta que me reveléis de qué se trata, pero decidme al menos qué puedo esperar.
Martínez parecía molesto, y Wilson nos dio la espalda.
– ¡No hay nada que decir! -exclamó-. Un cadáver con las manos atadas entre los arbustos. Eso es todo. No hay nada mágico. ¡El asesino no dejó sus huellas en una linda tarjeta blanca con su nombre y dirección! ¿Quieres una detención rápida? Pues realízala tú mismo, qué demonios.
No tuve tiempo de responder porque se abrió la puerta de la casa. Los dos detectives retrocedieron un paso, dejándome al frente. Intenté disimular la irritación y adopté mi tono de voz más solemne. Lo tenía muy ensayado y lo empleaba para hablar con los familiares de cualquier víctima de un crimen, accidente o catástrofe natural. Con él pretendía expresar conmiseración por su tragedia y al mismo tiempo determinación por conseguir material para un artículo. Me presenté primero al hombre que salió de la casa y luego a su esposa. Ambos tenían los ojos enrojecidos por el llanto.
– Sé que éste es un momento difícil -comencé-. Pero me sería de gran ayuda que uno de ustedes me dedicase algún tiempo para hablarme de su hija, sus esperanzas y sus sueños.
El padre asintió con la cabeza. Parecía atolondrado, capaz de comprender mis palabras. Miró a los dos detectives, que permanecían impasibles.
– Es una muchacha encantadora -dijo, utilizando el tiempo presente-. Casi perfecta, de hecho. Todos la queremos mucho. Estamos muy preocupados.
Martínez lo tomó del brazo.
– Esto será muy duro -dijo-. Cuanto antes acabemos con ello, mejor.
