Sí, una festividad explicaba algunas cosas. En un día de fiesta los técnicos de Telecable se toman más tiempo para reparar una línea defectuosa. Y los autobuses pasan con intervalos más amplios. Y hay menos gente en la calle. Sin embargo, el 4 de julio no era festivo. Al menos en Austria.

Corrió al supermercado de la esquina. Cerrado. Apoyó la frente en el escaparate y se colocó las manos sobre los ojos a modo de visera. No se veía ni un alma. Así que era un día festivo. O de huelga, y él no se había enterado.

Mientras regresaba a la parada, miró a su alrededor para ver si el 39A doblaba la esquina.

Llamó al móvil de Marie. No contestaba. Ni siquiera saltó el contestador.

Marcó el número de su padre. Tampoco respondió.

Probó en la oficina. Nadie descolgó.

No pudo hablar con Werner, ni con Anne.

Confundido, se guardó el teléfono en el bolsillo de la americana. En ese momento se dio cuenta de que reinaba un silencio sepulcral.

Regresó a su casa, encendió el televisor y conectó el ordenador. Error del servidor. Encendió la radio. Ruido.

Se sentó en el sofá, incapaz de ordenar sus ideas. Tenía las manos húmedas.

En una nota llena de manchas que colgaba del tablero de corcho leyó los números que Marie había anotado años atrás. Marcó el teléfono de su hermana a la que estaba visitando en Inglaterra. El tono era distinto al de las llamadas austríacas. Más profundo, y cada timbrazo se componía de dos tonos breves. Después de haberlos oído por décima vez, colgó.


Al salir nuevamente de casa, miró a izquierda y derecha. Caminó hacia el coche sin detenerse. Giró un par de veces la cabeza. Se detuvo, aguzando los oídos.

Nada. Ni pasos presurosos, ni carraspeos, ni respiraciones. Ni un solo ruido.

Dentro del Toyota el ambiente era sofocante. El volante estaba caliente y sólo podía rozarlo con las yemas de los dedos y con el índice vendado. Bajó el cristal de la ventanilla.



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