Le dio agua fresca al perro con una vieja sartén, después abrió su cerveza. Mientras daba un largo trago del estilizado cuello, se quedó mirando a través de la mugrienta ventana salpicada por la lluvia, hacia el patio. Al otro lado del cristal vio a un murciélago descender junto a las ramas de un solitario magnolio. El crepúsculo llegaba con rapidez, un recordatorio de que tenía trabajo por hacer.

Al girar la cabeza, oyó una de sus vértebras crujir y ajustarse mientras caminaba hacia el segundo dormitorio, aún pintado en un nauseabundo tono rosa, donde había dispuesto un escritorio, una lámpara y un pequeño armario archivador. En un rincón había una cama para perros, y Bruno encontró un viejo hueso de cuero de vaca medio masticado y empezó a ensañarse con él. Jay dio otro trago a su Lone Star, y luego apoyó la cerveza sobre el escritorio. Abrió su ordenador portátil y lo dispuso sobre la superficie de formica antes de apretar el botón de encendido. El ordenador se puso en marcha con un zumbido y la pantalla se iluminó. Unos segundos más tarde estaba en Internet, comprobando su correo electrónico.

Entre el correo basura y el de los compañeros de trabajo y amigos había otro mensaje de Gayle. El estómago se le encogió un poco mientras abría la misiva y leía la breve y alegre nota; no encontraba una pizca de gracia en el chiste que ella le había enviado. No le sorprendía. Habían acordado ser civilizados entre ellos, permanecer como amigos, pero ¿quién le tomaba el pelo a quién? No funcionaba. Su relación estaba muerta. Ya agonizaba mucho antes de que la tormenta los golpease.

No envió una respuesta. Era tan inútil como el anillo de diamantes que había en el cajón de su cómoda en Nueva Orleans. Sus labios se retorcieron al pensarlo. No había tenido mucha suerte con aquello de los anillos.



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