
Sus pensamientos se trasladaron hacia su granja, dónde había vivido durante un periodo tan corto de tiempo. Recordó el alegre fuego que había hecho en el hogar en la sala de estar y la felicidad que había sentido al estar sola… Eran malas visiones, malos recuerdos. Le hacían recordar su antigua vida, su madre… su hermano.
Dios, Rehvenge. Rehv la había vuelto loca con todo su comportamiento dominante, pero había tenido razón. Si se hubiera quedado con su familia, nunca habría conocido a Mary, la humana que vivía al lado. Y nunca habría cruzado el prado entre sus casa aquella noche para asegurarse de que estaba bien. Y nunca habría tenido que correr por el lesser… nunca habría terminado muerta y respirando.
Se preguntó cuanto tiempo la habría buscado su hermano. ¿Se habría rendido ya? Probablemente. Ni siquiera Rehv podría continuar durante tanto tiempo sin esperanza.
Apostaba que la había buscado, pero por una parte se alegraba de que no la hubiese encontrado. Aunque era un hombre sumamente agresivo, era civilizado y se sentiría responsable de que lo hirieran si él venía a rescatarla. Aquellos lessers eran fuertes. Crueles y poderosos. No, para que regresara necesitaría a alguien igual de monstruoso que el que la retenía.
Una imagen de Zsadist le vino a la mente, clara como una fotografía. Vio sus oscuros ojos salvajes. La cicatriz que atravesaba su cara y le deformaba el labio superior. El esclavo de sangre con tatuajes en la garganta y en las muñecas. Recordó las señales de los azotes sobre su espalda. Y los piercings que colgaban de sus pezones. Y los músculos, también el delgado cuerpo.
