– Que vamos…

– No vamos a decirle nada. -Dijo O mientras miraba alrededor del sótano. Cuchillos, navajas y martillos estaban esparcidos sin orden en el barato aparador de la esquina. Había charcos de sangre aquí y allá, pero no debajo la mesa, donde pertenecían. Y mezclado con el rojo había un negro lustroso, gracias a las heridas superficiales de E.

– Pero el vampiro escapó antes de que le sacáramos cualquier información.

– Gracias por el resumen.

Dos de ellos habían comenzado a trabajar sobre el varón cuándo O salió en busca de ayuda. Cuando regresó, E había perdido control sobre el vampiro, había cortes en un par de sitios, y fue todo su pequeño sangrado una promesa.

Ese jefe gilipollas suyo iba a cabrearse, y si bien O despreciaba al hombre, él y el Sr. X tenían una cosa en común: el descuido era para perdedores.

O miró el baile de E a su alrededor un poco más, mientras encontraba en sus movimientos estúpidos la solución para ambos al inmediato problema y al mismo tiempo a más largo plazo. Cuando O sonrió, E, el tonto, pareció aliviado.

– No te preocupes por nada. – Murmuró O. -Le diré que sacamos el cuerpo y lo dejamos al sol en el bosque. No es gran cosa.

– ¿Hablarás con él?

– Sin problema, hombre. Sin embargo, mejor sales corriendo. Él va a sentirse fastidiado.

E asintió y echó el cerrojo en la puerta. -Demasiado tarde.

Sí, di buenas noches, hijo de puta, pensó O cuando empezó a limpiar el sótano.

La repugnante casa pequeña dónde trabajaban pasaba desapercibida desde la calle, intercalada entre un desgastado armazón que una vez había sido un restaurante de barbacoas y una ruinosa casa de huéspedes. Esta parte de la ciudad, una mezcla de miserables residencias y antros comerciales, era perfecto para ellos. Por aquí, las personas no salían después del anochecer, pequeños estallidos de pistolas eran tan comunes como las alarmas de los coches, y nadie decía nada si alguien dejaba escapar un grito o dos.



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