
– Que tengas suerte, poli.
Butch lo miró de arriba abajo. ¿Cómo lo comprendes?
– Siempre me he preguntado como sería vivir con una mujer que valiese la pena.
Butch se rió. El tipo era un dios sexual, una leyenda erótica en su raza. V le había contado que historias sobre Rhage habían pasado de generación en generación cuando el tiempo era el correcto. La idea que de podría cambiar para ser el marido de alguien era absurda.
– De acuerdo, Hollywood, ¿Cuál es el golpe final? Vamos, dámelo.
Rhage se sobresaltó y apartó la mirada.
Por todos los infiernos, el tipo hablaba en serio. ¡So! Escucha, no significa nada.
– Nah, es guay. – La sonrisa reapareció, pero los ojos eran planos. Él caminó con paso lento hacia el basurero y tiró el palito de la piruleta a la basura. -Ahora, ¿Podemos salir de aquí? Estoy cansado de esperaros niños.
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Mary Luce aparcó en su garaje, apagó el Civic, y se quedó con la mirada fija en las palas de nieve que colgaban de las clavijas delante de ella.
Estaba cansada, aunque el día no había sido extenuante. Contestar al teléfono e identificar y archivar los documentos en una oficina de abogados no era agotador, física o mentalmente. Así es que realmente no debería estar exhausta.
Pero tal vez ese era el punto. Ella no se sentía muy estimulada, de manera que estaba languideciendo.
¿Tal vez era el momento de volver a los niños? Después de todo, era para lo que había estudiado. Lo que amaba. Lo que la alimentaba. Trabajar con sus pacientes autistas y ayudarles a encontrar las formas de comunicarse le habían traído toda clase de recompensas, personal y profesionalmente. Y el intervalo de dos años no había sido su elección.
Tal vez debería llamar al centro, ver si estaba abierto. Incluso si no estaban, ella podría alistarse como voluntario hasta que hubiese algo disponible.
