
Sonrió.
"Sería muy buena inversión usarlos en esperar el encuentro con la persona amada.”
Reacomodó su espalda contra la pared y siguió mirando la calle. Vio los autos que circulaban más espaciados; uno gris, otro azul y otro blanco, una camioneta marrón, una moto, un auto enormemente negro; y luego, por unos instantes, nada.
De pronto, la calle estaba vacía de autos.
De pronto, su mente estaba vacía de pensamientos.
Se sintió sereno, y su sonrisa se extendió a cada músculo de su cara.
Cristina tardó todavía algunos minutos más, quince… veinte…, quién sabe.
Roberto no registraba el paso del tiempo, todo su universo estaba conformado por él, la calle y el descubrimiento del vacío.
La voz de Cristina lo interrumpió.
– Aquí estoy.
– Hola -contestó Roberto intentando volver al mundo de lo tangible.
– Como siempre llegás tarde… -se justificó ella- me puse a hacer otras cosas y entonces, cuando viniste temprano, no estaba lista.
Roberto ya sabía cómo seguía esta discusión.
– Yo no llegué temprano -habría dicho él- llegué a la hora.
– En ti, querido -habría dicho ella-, llegar a la hora es llegar temprano.
Y él habría contestado.
– ¿Todavía que te tuve que esperar más de media hora me quieres echar la culpa a mí?
Cristina, fastidiada por quedar al descubierto, seguramente hubiera optado por el contraataque.
Mira Roberto -siempre lo llamaba por su nombre cuando se enojaba-, con todas la veces que yo te esperé, podés esperar una vez y callarte la boquita.
Y todo hubiera seguido como siempre.
– Yo no dije nada, vos empezaste cuando quisiste "enchufarme" que tu tardanza se debía a que yo llego tarde.
– Sí, has empezado tú con ese «hola» de mierda con que me recibiste.
Y ése habría sido el comienzo del fin. Cristina habría continuado.
