
Desde aquí veo a un poli viejo acercarse hacia el cadáver con pasos vacilantes. Sopla una brisa fría que eriza los pelos. El poli se arrodilla al lado del cadáver: con la mano izquierda se tapa los ojos con expresión de abatimiento. Surge una bandada de estorninos. Vuelan en círculo sobre la cabeza del policía y luego desaparecen. Este registra los bolsillos del cadáver y amontona lo que encuentra sobre un pañuelo blanco que ha extendido sobre la hierba. Hierba de color verde oscuro que da la impresión de querer
chupar el cuadrado blanco. Tal vez sean los papeles viejos y oscuros que el poli deja sobre el pañuelo los que me inducen a pensar así. Creo que me sentaré un rato. Los bancos del parque son blancos con patas de hierro negras. Por la calle aparece un coche patrulla. Se detiene. Bajan dos agentes. Uno de ellos avanza hacia donde está inclinado el poli viejo, el otro se queda junto al automóvil y enciende un cigarrillo. Poco después aparece silenciosamente una ambulancia que estaciona detrás del coche patrulla. «No he visto nada»… «Un tipo muerto en el parque»… «Un poli viejo»…
32. LA CALLE TALLERS
Solía caminar por el casco antiguo de Barcelona. Usaba una gabardina larga y vieja, olía a tabaco negro y casi siempre llegaba con algunos minutos de anticipación a los escenarios más insólitos. Quiero decir que la pantalla se abría a la palabra insólito para que él apareciera. «Me gustaría hablar con usted con más calma», decía. La avenida paralela al Paseo Marítimo de Castelldefels. Un obrero camina por la acera, las manos en los bolsillos, masticando un cigarrillo con movimientos regulares. Chalets vacíos, cerradas las contraventanas de madera. «Sáquese la ropa lentamente, no voy a mirar.» La pantalla se abre como molusco. Recuerdo haber leído hace tiempo las declaraciones de un escritor inglés que decía cuánto trabajo le costaba mantener un tiempo verbal coherente.