
– Si me permite repetir la pregunta, signor Rossi -dijo Brunetti imprimiendo forzada calma y olímpica ecuanimidad en su tono-, ¿qué significa eso para mí y mi apartamento en concreto?
– Lamento tener que decirle que no estoy autorizado para responder a eso, signore -dijo Rossi devolviendo la carpeta a Brunetti. Se inclinó a recoger la cartera. Con ella en la mano, se levantó-. Mis atribuciones se limitan a visitar a los propietarios y comprobar que obran en su poder los documentos que a nosotros nos faltan. -Su expresión se ensombreció, y Brunetti creyó ver auténtica decepción en ella-. Deploro que usted no los tenga.
Brunetti se puso en pie.
– ¿Y qué ocurrirá ahora?
– Eso depende de la comisión del Ufficio Catasto -dijo Rossi empezando a ir hacia la puerta.
Brunetti se movió hacia la izquierda, sin acabar de cortarle el paso pero sí creando un obstáculo entre Rossi y la salida.
– Ha dicho que creen ustedes que el piso de abajo fue agregado en el siglo xix. Si se hubiera construido más tarde, al mismo tiempo que éste, ¿cambiaría eso las cosas? -Pese a sus esfuerzos, Brunetti no podía disimular el acento de pueril esperanza de su voz.
Rossi meditó largamente y al fin dijo, con una voz que era modelo de cautela y reserva:
– Quizá. Me consta que el piso de abajo tiene todos los permisos y autorizaciones, por lo que, si pudiera demostrarse que éste se construyó al mismo tiempo, ello podría servir de base para alegar que en su momento debieron de concederse los permisos correspondientes. -Se quedó pensativo. El burócrata ante un nuevo problema-. Sí. Eso podría cambiar las cosas, aunque no dispongo de elementos para emitir una opinión.
Brunetti, momentáneamente animado por la posible salvación, fue hacía la vidriera de la terraza y la abrió.
