– ¿Y? -acució Brunetti.

– Y a veces se impone una multa.

– ¿Y?

– Y a veces se ordena el derribo de la obra ilegal.

– ¿Qué? -estalló Brunetti, abandonando ya toda pretensión de calma.

– A veces se ordena el derribo de la obra ilegal. -Rossi sonrió débilmente, dando a entender que él no era responsable de tal posibilidad.

– Pero es mi casa -dijo Brunetti-. Está usted hablando de derribar mi casa.

– Rara vez se llega a tal extremo, se lo aseguro -dijo Rossi, imprimiendo a sus palabras un tono tranquilizador.

Brunetti se había quedado mudo. Rossi, al observarlo, dio media vuelta y fue hacia el recibidor. Cuando llegaba a él, una llave giró en la cerradura y la puerta se abrió. Paola entró en el apartamento. Atenta a las dos grandes bolsas de plástico, las llaves y los tres periódicos que en vano trataba de sujetar debajo del brazo izquierdo, no vio a Rossi hasta el momento en que, impulsivamente, él se abalanzaba hacia adelante para impedir que cayeran al suelo los periódicos y, sobresaltada, dio un salto hacia atrás para esquivarlo, se golpeó el codo izquierdo con el canto de la puerta y dejó caer las bolsas. Hizo una mueca, de susto o de dolor, y se frotó el codo.

Brunetti ya se acercaba rápidamente hacia ella.

– Paola, no pasa nada. Estaba conmigo. -Sorteó a Rossi y puso una mano en el brazo de Paola-. Nos has dado un susto -dijo, tratando de calmarla.

– También vosotros a mí -dijo ella, tratando de sonreír.

Detrás de ellos, Brunetti oyó ruido y al volverse vio que Rossi había dejado la cartera apoyada en la pared y, con una rodilla en el suelo, metía naranjas en una bolsa de plástico.



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