
– ¿Estaba… sola?
– Su padrastro fue con ella.
Ah, claro. Su padrastro. ¿Cuál de ellos? Tammy se mordió los labios. Isobelle ya no se molestaba en casarse con sus amantes. Cuando Lara nació, iba por el cuarto marido. ¿Lara estaba muerta?
Ella debería haber estado en el funeral, como estuvo con Lara durante la infancia. De todas las cosas malas que su madre le había hecho, aquélla era la peor. Enterrarla sin decírselo…
– ¿Quería usted a su hermana? -preguntó Marc.
– La quise. Hace mucho tiempo.
– ¿Y habían perdido el contacto?
– Sí.
– ¿Y con su madre?
– ¿Cree que mi madre admitiría tener una hija que es arboricultora y que lleva esta pinta?
Él la miró de arriba abajo, pero su rostro permanecía impasible.
– No lo sé. Quizá no.
– Mire, creo que necesito tiempo para aceptar todo esto -suspiró Tammy-. ¿Tiene una tarjeta o algo así? Yo lo llamaré…
Necesitaba estar sola. Había aprendido que la soledad era el único remedio para el dolor. No la consolaba, pero sola podía soportarlo mejor.
– Ahora mismo no tengo ganas de hablar…
– Lo siento, pero no puedo hacer eso.
– ¿Por qué no?
– Tengo que ir a Sidney esta noche y después saldré para Broitenburg -contestó Marc-. He traído los papeles conmigo, señorita Dexter. Fírmelos y así podré llevarme a Henry. Y usted tendrá toda la soledad que necesita.14
– ¿Y su primo murió también?
– Jean Paul murió también.
Tammy observó su cara para encontrar algún gesto de dolor, pero no encontró nada.
– Lo siento.
– Supongo que lo sentimos los dos.
Tenía una voz bonita, profunda, masculina. Con rastros de acento francés, pero muy leve.
No debía estar pensando en el acento de aquel hombre… O quizá lo hacía para distraerse.
Lara estaba muerta.
¿Qué más había dicho, que tenía un hijo?
