– ¿Cómo se llama el niño?

– Henry.

– Pero usted ha dicho que Henry está aquí, en Australia.

– Lara lo envió a Sidney hace cuatro meses.

– ¿Por qué?

– ¿Eso importa?

– Claro que importa -contestó Tammy-. Me ha dicho que mi hermana tuvo un hijo, que se había casado con un príncipe, que ahora está muerta y que quiere usted llevarse a ese niño… ¿Por qué está aquí? ¿Por qué tengo que firmar nada? ¿Qué tengo yo que ver con todo esto?

Marc respiró profundamente. Las complicaciones lo sacaban de quicio; y la expresión de aquella chica dejaba claro que iba a tenerlas.

– Lara la hizo tutora legal de su hijo en caso de fallecimiento. Si el niño estuviera en Broitenburg eso no habría importado, pero está en Sidney y el departamento de emigración no me deja llevármelo sin su permiso.

Aquello era demasiado. Tammy sacó un walkie talkie del cinturón sin mirar a Marc.

– ¿Doug? La gente que ha llegado en limusina, buscándome… dicen que mi hermana ha muerto y que tengo un sobrino. ¿Puedo marcharme a Sidney ahora mismo…? Tengo que irme, Doug. Dile a Lucy que se encargue de este árbol… No, no sé cuándo volveré.

Después, dejó el walkie talkie en el suelo, junto al arnés, y se colocó al hombro una mochila.

– Lléveme a Sidney.

– ¿Para qué?

– Acaba de decirme que tengo un sobrino y que soy su tutora.

– Él no la necesita.

– ¿No? Entonces, ¿tiene alguien que lo cuida, alguien que lo quiere?

– Tiene una niñera. Y cuando lleguemos a Broitenburg contrataré a una persona competente.

Competente. La palabra quedó colgada entre los dos, pero Marc supo que no era suficiente.

– ¿Por qué Lara envió a su hijo a Australia?

– No lo sé -admitió él-. A mí también me pareció extraño. Pero Jean Paul y ella se fueron a París, luego a Italia y a Suiza… No los vi desde que nació el niño. Y me enteré de que estaba en Australia después del accidente.



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