Tammy lo miró con expresión confusa.

– ¿Henry?

¿Ni siquiera recordaba el nombre de su sobrino? Aquello era el colmo.

– Su sobrino.

– Yo no tengo sobrinos.

– Claro que sí.

– Claro que no. Parece que me ha confundido con otra persona. Yo sólo tengo una hermana, Lara, a quien hace años que no veo. La última vez que nos vimos salía con un millonario… y no creo que tenga ningún niño. Lara no se arriesgaría a engordar ni un gramo. Y ahora, si me perdona…

Aquello era absurdo, pensaba Marc. Había reconocido ser hermana de Lara…

– ¿Lara Dexter era su hermana?

– Es mi hermana -contestó ella.

Marc respiró profundamente. No había esperado aquello. Si de verdad no lo sabía…

– Señorita Dexter, su hermana se casó con mi primo Jean Paul y… murieron en un accidente de esquí hace cinco semanas. Tuvieron un hijo, Henry, que ahora vive en Sidney. Lo está cuidando una niñera, pero no estamos contentos con ella. Ahora mismo, el niño tiene diez meses y yo he venido a

Australia porque quiero que me firme unos papeles para poder llevármelo a Broitenburg.

Tammy se quedó helada.

¿Lara había muerto?

– No lo creo -murmuró, volviendo a su trabajo.

– Lo siento, de verdad.

– ¡Yo también lo siento, pero no le creo! Viene usted aquí con ese estúpido traje lleno de medallas, como si fuera un rey o algo así, con un chofer y… y me dice que mi hermana está muerta. • -Lara ha muerto, señorita Dexter.

– No le creo.

– ¿Le importaría bajar de ahí?

– No -contestó ella, siguiendo con su trabajo como si tal cosa.

– Señorita Dexter, tiene que aceptarlo. Su hermana ha muerto. ¿Quiere bajar del árbol de una vez?



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