
El portazo de la puerta de mi apartamento retumbó dentro de mí amplificado por mil ecos. Intentando ahogar aquel estrépito, enterré la cabeza en la almohada y los sollozos me brotaron del pecho incontenibles y atropellados. La funda se empapó en cuestión de segundos, me nubló la vista de inmensidad blanca, y sólo podía ver la imagen congelada de Iain, siempre Iain, que ha quedado impresa en negativo en mi retina. La imagen grabada a hierro candente que un mes atiborrado de éxtasis no ha conseguido borrar.
Deseé regresar a mis siete años, a aquella edad ajena a la infancia y los desahogos, en que ni sabía lo que era el sexo ni me importaba, a aquel estado de feliz ignorancia que ya nunca podré recuperar. Cuatro cosas que la edad me trajo y de las que habría podido prescindir tranquilamente: amor, curiosidad, pecas y dudas. Y esta frase, para colmo, ni siquiera es mía. Es de Dorothy Parker.
Infancia. Me exprimo el cerebro buceando en busca de recuerdos. Me veo a mí misma como un renacuajo de pelo rizado, sujeto en la coronilla con un enorme lazo azul, vestida con el horrible uniforme de colegio: camisa blanca, chaleco y chaqueta azul, falda plisada azul marino, con el dobladillo cosido y la cinturilla remendada porque en mi familia había que hacer economías y se esperaba que aquella falda durase por lo menos cuatro años. No conozco a ninguna chica que de pequeña no haya querido ser chico. Por lo menos a ratos. No dejaba de tener su aquél lo de poder jugar a la goma y a las comiditas de tierra en el patio del colegio, pero eso no impedía que envidiásemos la libertad que disfrutaban los niños para jugar al fútbol en los soportales y matar lagartijas con tirachinas.
