Arte de amar, de Ovidio, algo que tomó por sorpresa a Bonifaz Nuño y que pareció interesar sobremanera a Monterroso y que los jóvenes poetas o estudiantes no comprendieron, ni yo, y después se puso colorado, como si el ahogo ya resultara francamente insoportable, y unas lágrimas, no muchas, cuatro o seis, le rodaron por las mejillas hasta quedar enganchadas de su bigote, un bigote negro que empezaba a encanecer por las puntas y por el centro concediéndole un aire que a mí siempre me había parecido extrañísimo, como de cebra o algo parecido, un bigote negro, en todo caso, que no debía estar allí, que pedía a gritos una navaja o unas tijeras y que hacía que si una miraba a López Azcárate demasiado tiempo a la cara comprendiera sin la más mínima duda que se trataba de una anomalía y que con esa anomalía en la cara (con esa anomalía voluntaria en la cara) las cosas necesariamente iban a acabar mal.

Una semana después López Azcárate se colgó de un árbol y la noticia corrió por la Facultad como un animal aterrorizado y veloz. Una noticia que cuando llegó a mis oídos me dejó empequeñecida y tintando y al mismo tiempo maravillada, porque la noticia, sin duda, era mala, pésima, pero al mismo tiempo era fantástica, era como si la realidad te dijera al oído: aún soy capaz de grandes cosas, aún soy capaz de sorprenderte a ti, sonsa, y a todos, aún soy capaz de mover el cielo y la tierra por amor.

Por las noches, sin embargo, me expandía, volvía a crecer, me convertía en un murciélago, dejaba atrás la Facultad y vagaba por el DF como un duende (me gustaría decir como un hada, pero faltaría a la verdad), y bebía y discutía y participaba en tertulias (yo las conocí todas) y aconsejaba a los poetas jóvenes que ya desde entonces acudían a mí, aunque no tanto como después, y yo para todos tenía una palabra, ¡qué digo una palabra!, para todos tenía cien palabras o mil, todos me parecían nietos de López Velarde, bisnietos de Salvador Díaz Mirón, los



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