
Una semana después López Azcárate se colgó de un árbol y la noticia corrió por la Facultad como un animal aterrorizado y veloz. Una noticia que cuando llegó a mis oídos me dejó empequeñecida y tintando y al mismo tiempo maravillada, porque la noticia, sin duda, era mala, pésima, pero al mismo tiempo era fantástica, era como si la realidad te dijera al oído: aún soy capaz de grandes cosas, aún soy capaz de sorprenderte a ti, sonsa, y a todos, aún soy capaz de mover el cielo y la tierra por amor.
Por las noches, sin embargo, me expandía, volvía a crecer, me convertía en un murciélago, dejaba atrás la Facultad y vagaba por el DF como un duende (me gustaría decir como un hada, pero faltaría a la verdad), y bebía y discutía y participaba en tertulias (yo las conocí todas) y aconsejaba a los poetas jóvenes que ya desde entonces acudían a mí, aunque no tanto como después, y yo para todos tenía una palabra, ¡qué digo una palabra!, para todos tenía cien palabras o mil, todos me parecían nietos de López Velarde, bisnietos de Salvador Díaz Mirón, los
