
Digamos que yo sentí un ruido.
¡Un ruido en el alma!
Y digamos que después el ruido fue creciendo y creciendo y que ya para entonces yo presté atención a lo que pasaba, oí que alguien tiraba de la cadena de un water vecino, sentí un portazo, pasos en el pasillo, y el clamor que subía de los jardines, de ese césped tan bien cuidado que enmarca la Facultad como un mar verde a una isla siempre dispuesta a las confidencias y al amor. Y entonces la burbuja de la poesía de Pedro Garfias hizo blip y cerré el libro y me levanté, tiré de la cadena, abrí la puerta, hice un comentario en voz alta, dije che, qué pasa afuera, pero nadie me respondió, todas las usuarias del baño habían desaparecido, dije che, ¿no hay nadie?, sabiendo de antemano que nadie me iba a contestar, no sé si conocen la sensación, una sensación como de película de miedo, pero no de esas en donde las mujeres son sonsas sino de esas en donde las mujeres son inteligentes y valientes o en donde al menos hay una mujer inteligente y valiente que de repente se queda sola, que de repente entra en un edificio solitario o en una casa abandonada y pregunta (porque ella no sabe que el lugar en donde se ha metido está abandonado) si hay alguien, alza la voz y pregunta, aunque en realidad en el tono con que hace la pregunta ya va implícita la respuesta, pero ella pregunta, ¿por qué?, pues porque ella básicamente es una mujer educada y las mujeres educadas no podemos evitar serlo en cualquier circunstancia en que la vida nos ponga, ella se queda quieta o tal vez da algunos pasos y pregunta y nadie, evidentemente, le responde.
