Y entonces volví al baño y mira qué curioso, no sólo volví al baño sino que volví al water, justo el mismo en donde estaba antes, y volví a sentarme en la taza del water, quiero decir: otra vez con la pollera arremangada y los calzones bajados, aunque sin ningún apremio fisiológico (dicen que precisamente en casos así se suelta el estómago, pero no fue ciertamente mi caso), y con el libro de Pedro Garfias abierto, y aunque no quería leer me puse a leer, lentamente al principio, palabra por palabra y verso por verso, aunque poco después la lectura fue acelerándose hasta que finalmente se hizo enloquecedora, los versos pasaban tan rápidos que apenas me era posible discernir algo de ellos, las palabras se pegaban unas con otras, no sé, una lectura en caída libre que, por otra parte, la poesía de Pedrito Garfias apenas pudo resistir (hay poetas y poemas que resisten cualquier lectura, otros, la mayoría, no), y en ésas estaba cuando de repente oí ruido en el pasillo, ¿ruido de botas?, ¿ruido de botas claveteadas?, pero che, me dije, ya es mucha coincidencia, ¿no, te parece?, ¿ruido de botas claveteadas!, pero che, me dije, ahora sólo falta el frío y que una boina me caiga encima de la cabeza, y entonces escuché una voz que decía algo así como que todo estaba en orden, mi sargento, puede que dijera otra cosa, y cinco segundos después alguien, tal vez el mismo cabrón que había hablado, abrió la puerta del baño y entró.

3

Y yo, pobre de mí, oí algo similar al rumor que produce el viento cuando baja y corre entre las flores de papel, oí un florear



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