
Para él, con sólo seis años, el sueño era un monstruo. Lo esperaba pacientemente todas las noches y le tendía una emboscada. Siempre lo pillaba desprevenido, con la guardia baja, aunque ya hacía mucho tiempo que había aprendido a esperarlo; la espera traía su propia clase de aterradora anticipación, lo cual empeoraba aún más la situación. El monstruo y él se trababan en una dura lucha, de la que el primero siempre salía victorioso, arrastrándolo hacia un mar de miedo y oscuridad. Instantes después Tyler se despertaba, irrumpiendo en la superficie y buscando desesperadamente un poco de aire, como si una mano gigante lo hubiese mantenido debajo del agua. Un agua fría, una mano cruel.
Sus padres lo llamaban «terrores nocturnos» -los había oído hablando de ello en una ocasión, en la sala de estar-, y le habían asegurado que ya se le pasaría. Ambos se quedaban en su cuarto haciéndole compañía, le leían cuentos hasta que sus voces se volvían roncas y lejanas, y encendían una luz de noche que se suponía que mitigaría sus temores, pero cuyo brillo espectral arrojaba sombras inquietantes y convertía en engendros los caballos del papel pintado. Nada lo ayudaba. El monstruo lo esperaba todas las noches, en la oscuridad que reinaba debajo de su cama.
Y esta noche era peor. Su madre se había marchado en viaje de negocios. Él ignoraba adónde había ido, sólo sabía que debía coger un avión. El hecho de que ella estuviese lejos de casa le producía una sensación horrible; el universo estaba en completo desorden. Creaba un vacío tan grande que él lo sentía como si le doliese algo, como un bulto doloroso. Aferró su koala, que ella le había traído de regalo en su último viaje, frotó la mejilla contra la piel suave, ya gastada en varias zonas, y aspiró la cálida fragancia a almizcle.
