Modestísimos mensajes que la Divinidad nos da de su existencia. Y no sólo a través de las inocentes criaturas de la naturaleza sino, también, encarnada en esos héroes anónimos como aquel pobre hombre que, en el incendio de una villa miseria, tres veces entró a una casilla de chapas donde habían quedado encerrados unos chiquitos -que los padres habían dejado para ir al trabajo- hasta morir en el último intento. Mostrándonos que no todo es miserable, sórdido y sucio en esta vida, y que ese pobre ser anónimo, al igual que esas florcitas, es una prueba del Absoluto.

I Primeros tiempos y grandes decisiones

Como un exiliado

camino por las callejuelas

de la ciudad más antigua,

la primera en nacer.

Mi alma va delante de mí,

vacilante y ansiosa.

¿Qué la perturba?

¿Su abandono o su búsqueda

de una nueva morada?

Allí estoy,

sonámbula,

huérfana y vencida.

Añoro la playa y las altas colinas

y aquella barca azul

que cerca de la costa

está esperándome.

Matilde Kusminsky-Richter

Me acabo de levantar, pronto serán las cinco de la madrugada; trato de no hacer ruido, voy a la cocina y me hago una taza de té, mientras intento recordar fragmentos de mis semisueños, esos semisueños que, a estos ochenta y seis años, se me presentan intemporales, mezclados con recuerdos de la infancia. Nunca tuve buena memoria, siempre padecí esa desventaja; pero tal vez sea una forma de recordar únicamente lo que debe ser, quizá lo más grande que nos ha sucedido en la vida, lo que tiene algún significado profundo, lo que ha sido decisivo -para bien y para mal- en este complejo, contradictorio e inexplicable viaje hacia la muerte que es la vida de cualquiera.



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