Cuántos de esos inmigrantes seguirían viendo sus montañas y sus ríos, separados por la pena y por los años, desde esta inmensa factoría caótica, esta ciudad levantada sobre el puerto, y ahora convertida en un desierto de amontonadas soledades.

Y al caminar por este terrible Leviatán, por las costas que por primera vez divisaron aquellos inmigrantes, creo oír el melancólico quejido del bandoneón de Troilo.

Cuando la desdicha y el furor de Buenos Aires

hacen sentir más la soledad,

busco un suburbio en el crepúsculo, y entonces,

a través de un brumoso territorio de medio siglo

enriquecido y devastado por el amor y el desengaño,

miro hacia aquel niño que fui en otro tiempo.

Melancólicamente me recuerdo

sintiendo las primeras gotas de una lluvia

en la tierra reseca de mis calles sobre los techos de zinc

“que llueva que llueva la vieja está en la cueva”

hasta que los pájaros cantaban y corríamos descalzos

a largar los barquitos de papel.

Tiempo de las cintas de Tom Mix

y de las figuritas de colores,

de Tesorieri, Mutis y Bidoglio,

tiempos de las calesitas a caballo,

de los manises calientes en las tardes

invernales

de la locomotora chiquita y su silbato.

Mundo que apenas entrevemos cuando

estamos muy solos

en este caos del ruido y del cemento

ya sin lugar para los patios con glicinas

y claveles.


Entre esa multitud de colonizadores, mis padres llegaron a estas playas con la esperanza de fecundar esta “Tierra de promisión”, que se extendía más allá de sus lágrimas.



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