Una opinión compartida por una compañía de músicos y bailarines que se habían apresurado a venir desde Byzantium ante la noticia de su llegada a la vecindad; desde Hispania hasta Babilonia, todos los miembros de la Liga de Actores Dionisíacos conocían el nombre de Marco Antonio. Entonces, para asombro general, Antonio había despedido a la compañía con una bolsa de oro y se había mantenido sobrio, aunque con una triste y nostálgica expresión en su feo y apuesto rostro.

– No se puede hacer, Poplicola -le dijo a su mejor amigo con un suspiro-. ¿No has visto cuántos potentados flanqueaban la carretera mientras llegábamos? Llenaron los salones en el momento que el mayordomo abrió las puertas. Todos están aquí para marchar sobre Roma y sobre mi. No pretendo dejar que eso ocurra. No escogí Oriente como mi jurisdicción para verme privado de los bienes que el este posee con tanta abundancia. Así que me sentaré a dispensar justicia en nombre de Roma con la cabeza clara y el estómago tranquilo. -Se rió-. ¿Oh, Lucio, recuerdas lo enfadado que se mostró Cicerón cuando vomité en tu toga en la rostra? -Otra risita y un encogimiento de hombros-. ¡La obligación, la obligación! -se reprochó a sí mismo-. Me están aclamando como el nuevo Dionisio, pero están a punto de descubrir que por el momento soy el agrio viejo Saturno. -Los ojos castaño rojizo, demasiado pequeños y juntos como para complacer a un escultor retratista, brillaron-. ¡El nuevo Dionisio! Dios del vino y el placer; debo decir que me gusta la comparación. Lo mejor que consiguieron para César fue simplemente Dios.

Poplicola, que conocía a Antonio desde que eran niños, no manifestó su creencia de que Dios era superior al dios de esto o aquello; su principal trabajo era mantener a Antonio en el gobierno; por lo tanto, recibió este discurso con alivio. Eso era lo bueno de Antonio; podía cesar bruscamente sus francachelas -en ocasiones durante meses-, sobre todo cuando asomaba su sentido de la supervivencia. Como hacía ahora. Tenía razón; la invasión de potentados significaba problemas además de un duro trabajo, por lo tanto, le correspondía a Antonio conocerlos individualmente, saber qué gobernantes conservarían sus tronos y cuáles los perderían. En otras palabras, cuáles eran los mejores para Roma.



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