
Al principio no dijo nada, pero cuando retiraron los platos principales y trajeron los dulces, Antonio eructó sonoramente, se palmeó el vientre plano y suspiró, dichoso.
– ¿Qué, Delio, qué piensas de este vasto despliegue de reyes y príncipes? -preguntó amablemente.
– Personas muy extrañas, Marco Antonio, en especial para alguien que nunca ha estado en Oriente.
– ¿Extrañas? ¡Sí, no hay duda de que lo son! Astutos como ratas de alcantarilla, con más caras que Jano y dagas tan afiladas que nunca las sientes penetrar entre tus costillas. Es curioso que respaldasen a Bruto y Casio contra mí.
– En realidad no tan curioso -intervino Poplicola, que era muy goloso y estaba comiendo un pastel hecho de semillas de sésamo y miel-. Cometieron el mismo error con César, respaldaron a Pompeyo Magno. Tú hiciste la campaña en Occidente, lo mismo que César. No saben nada de tu valor. Bruto era un don nadie, pero para ellos había algo de magia en Cayo Casio. Escapó de ser aniquilado con Craso en Carrhae, luego gobernó Siria muy bien a la madura edad de los treinta. Casio era un tema de leyenda.
– Estoy de acuerdo -asintió Delio-. Su mundo está confinado al extremo oriental del Mare Nostrum. Lo que pasa en las Hispanias y las Galias en el extremo occidental es desconocido.
– Es verdad. -Antonio hizo una mueca al ver los platos de dulces en la mesa baja delante del diván-. ¡Poplicola, lávate la cara! No sé cómo puedes comer esa porquería con miel.
Poplicola se fue hasta el final del diván mientras Antonio miraba a Delio con una expresión que decía que entendía gran parte de lo que Delio había esperado ocultar: la penuria, la condición de Hombre Nuevo, la tremenda ambición.
