
César había sido asesinado cuando faltaban tres días para que se pusiera en marcha hacia Oriente, donde tenía la intención de conquistar el formidable y fabulosamente rico reino de los partos, y así poder utilizar el botín para devolver a Roma su esplendor. Había planeado estar ausente cinco años, y había organizado su campaña con todo su legendario genio. Así que ahora, con César muerto, sería Marco Antonio quien conquistaría a los partos y recuperaría Roma. Antonio se había hecho con los planes de César y decidió llevarlos a cabo ya que mostraban toda la brillantez de su creador, y con el convencimiento, no obstante, de que podía mejorarlos. Una de las razones por la que César había llegado a esta conclusión estaba en la naturaleza del grupo de hombres que fue al este con él; cada uno de ellos era un rastrero, un lameculos, y sabía exactamente cómo capturar al más grande de los peces: Marco Antonio, tan susceptible a las alabanzas y los halagos.
Desdichadamente, Quinto Delio aún no tenía el oído de Antonio, aunque su consejo hubiese sido siempre halagador, un bálsamo para el ego de Antonio. Así que, mientras cabalgaba por la Vía Egnatia en un huesudo caballo, las «pelotas» golpeadas y las piernas sin apoyo, doloridas, Quinto Delio esperaba su ocasión, que aún no había llegado cuando Antonio entró en Asia y se detuvo en Nicomedia, la capital de la provincia de Bitinia.
De alguna manera, todos los potentados y los clientes-reyes que Roma tenía en Oriente habían adivinado que el gran Marco Antonio se dirigía a Nicomedia, y se habían apresurado a ir allí por docenas para ocupar las mejores posadas o levantar lujosos campamentos en las afueras de la ciudad.
