
Padre e hijo permanecieron inmóviles y en silencio mientras observaban cómo aquella niña se acercaba lentamente a su nueva casa. En ambos se había instalado una sobrecogedora emoción que les impedía hablar. Orso apretó entre la suya la pequeña mano de Aranmanoth y así estuvieron largo rato, intuyendo quizá, cada uno'a su modo, que algo parecido a una despedida llegaba ahora hasta ellos.
La niña parecía demasiado erguida sobre su caballo., tal vez a causa del temor a desvelar su fragilidad. Entraba en una tierra desconocida, entre gentes desconocidas, y su corazón temblaba. Venía de un país de suaves colinas, allí donde el Gran Río aparecía bordeado de viñas y el aire esparcía al resplandor del sol el dulce aroma del mosto mezclado con el color de la miel. Ahora, en cambio, la recibía, y parecía espiarla, un país erizado de bosques, bordeado y cruzado por grandes montañas; y regresaban a su memoria historias de lobos. Lobos que jamás había visto en las tierras del sur, pero de los que, en voz de cuentos de nodrizas, imaginaba su ferocidad y su acecho.
Cuando Orso, apeándola de su montura, la tomó entre sus brazos y la miró a los ojos, la niña se tranquilizó. Y no porque aquel hombre grande y desconocido le inspirara confianza, sino porque, de pronto, como el sol que atraviesa el ramaje de un oscuro bosque, su mirada le devolvió un destello de la mirada que tantas veces había visto en su padre. Este, al contrario de otros señores, tenía para ella una suavidad que en nadie había conocido. Y así fue como, súbitamente, guiada por un recuerdo y por una ternura recuperados ante tanto temor, rodeó el cuello de Orso con los brazos y dejó que las lágrimas, demasiado tiempo retenidas, brotaran de sus ojos. Sólo los oídos del señor de Lines, muy próximos a los labios de la niña, oyeron murmurar una palabra:
– Padre…
Orso depositó a la niña en el suelo con cuanta delicadeza le era posible. Aun así sus manos temblaban.
