Alrededor mío, inmóviles en las filas, los demás soldados mostraban una uniformidad sin tacha, una quietud repulsiva y perfecta de colaboracionistas. El sargento de semana se acercaba con la visera de la gorra hundida sobre la frente y el cuaderno de la lista bajo el brazo, con aquellas lentas zancadas que solían afectar los mandos inferiores para simular energía y darnos miedo, y yo escuchaba el crepitar de las suelas de sus botas sobre la grava y sabía que en cuanto me descubriera me impondría un castigo, y que tal vez eso me impediría licenciarme al mismo tiempo que mis compañeros de reemplazo.

La soledad del castigado y del excluido es tan absoluta como la del enfermo de cáncer. Angustiado, yo quería ocultarme de la vista del sargento y el miedo me despertaba. Descubría con alivio que no estaba en el ejército, que habían pasado muchos años desde la última vez en que formé para diana y podía volver confortablemente a dormirme sin peligro de que me sobresaltara minutos después una corneta. Pero el miedo, en el despertar, se mantenía intacto, no gastado por el olvido: miedo y pánico, vergüenza por tanta sumisión y asombro de que aquellos sentimientos pudieran haber durado tanto, siguieran actuando sobre mí sin que yo lo supiera, debajo de mí, en aquella parte de mí mismo a la que no llega el coraje, ni el orgullo, ni siquiera la conciencia de una cierta dignidad civil.

En el sueño, repetido metódicamente a lo largo de años, yo era un soldado asustado y vulnerable, retrocedido a los terrores de la infancia y de la primera adolescencia, dócil a la brutalidad, a la disciplina, a la soberbia de otros. En el sueño el tiempo posterior a mi servicio militar era un espejismo, no había existido o había pasado en vano, sin dejar en lo más íntimo de mí ni una señal de aprendizaje o experiencia: yo volvía a estar en Vitoria, en el Centro de Instrucción de Reclutas número 11, o en San Sebastián, en el Regimiento de Cazadores de Montaña Sicilia 67, a donde me destinaron después de la jura de bandera, y mi identidad verdadera y mi vida habían dejado de existir, hasta mi nombre. Y lo peor de esa parte del sueño era que casi todas sus exageraciones oníricas se correspondían exactamente con los hechos más crueles de la realidad.



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