
Es formidable el número de cosas que habré perdido en todo este tiempo, pero mi carnet militar, que no me sirve para nada, sigue conmigo, sin que yo me haya esforzado demasiado en conservarlo, ha rondado por mis carpetas y mis cajones desde que me licenciaron del ejército, ha sobrevivido a mi desesperante incapacidad de no perderlo todo y de vez en cuando aparece delante de mí sin que yo lo haya buscado.
Se esfuma entre un montón de papeles o en las páginas de un libro, y al cabo de algún tiempo, meses o años, surgirá otra vez, tenaz y no solicitado, con una especie de modesta lealtad, en el curso de otra búsqueda inútil: esa cara invariable, cada vez más joven, más detenida en la adolescencia o retirada hacia ella a medida que yo voy cumpliendo años, ajena al tiempo de mi vida y sumergiéndose en la lentitud del suyo, el tiempo de las fotografías, el pasado siniestro en el que todo aquello sucedió, sin olvido posible, el frío en aquella desolación de llanuras y de colinas despobladas, en las afueras de Vitoria, el invierno prematuro de noviembre de 1979, el viento entre los barracones, la nieve cayendo muy despacio sobre nosotros mientras resistíamos en posición de firmes la duración insoportable de nuestra jura de bandera.
