El caso fue que Guido salió volando en sentido horizontal al suelo hasta que su cabeza hizo de parachoques contra el frigorífico.

Cuando Livia llegó como de costumbre para bañarse en la playa con sus amigos, tuvo la sensación de encontrarse en un hospital de campaña.

Laura y Guido llevaban la cabeza vendada, y a Bruno, por su parte, le habían vendado el pie izquierdo porque, al levantarse de la cama, había provocado la caída del vaso de agua de la mesilla, el vaso se había roto y él había pisado los añicos de vidrio. Extrañada, Livia observó que hasta Ruggero cojeaba levemente como consecuencia de su encontronazo con Guido.

Al final se presentó la consabida cuadrilla de exterminadores enviada por el alcalde, que ahora ya se había convertido en amigo de la familia. Mientras Guido dirigía las operaciones, Laura, todavía trastornada, le confió en voz baja a Livia:

– Esta casa no nos quiere.

– ¡Quita, mujer! Una casa es una casa; no puede querer ni odiar.

– ¡Pues yo te digo que esta casa no nos quiere!

– ¡Anda ya!

– ¡Está embrujada! -insistió Laura con los ojos brillantes, como si tuviera fiebre.

– Laura, te lo ruego, no digas esas chorradas. Comprendo que tienes los nervios destrozados, pero…

– ¿Sabes una cosa? Estoy pensando en todas esas películas que he visto sobre casas malditas, casas habitadas por espíritus infernales.

– ¡Pero todo eso son fantasías!

– Ya verás si tengo razón o no.

La mañana del noveno día se puso a llover a cántaros. Livia y Laura se fueron al museo de Montelusa, y Guido, invitado por el alcalde, fue a visitar la mina de sal y se llevó a Bruno. Por la noche arreció la lluvia.

La mañana del décimo día seguía diluviando. Laura llamó a Livia para decirle que iba a llevar al niño al hospital con Guido porque uno de los cortes le estaba supurando. Livia decidió aprovechar la ocasión para ordenar las cosas de Salvo. A última hora de la tarde el cielo se despejó y todos estuvieron seguros de que el día siguiente sería claro y caluroso, un día perfecto para ir a la playa.



10 из 175