Cuando todos hubieron terminado de hacer sus cosas y se reunieron en la terraza, Guido cerró la puerta cristalera, la verja, cogió el parasol porque le correspondía llevarlo a él siendo el hombre, y se encaminaron hacia la escalerita de toba que llevaba a la playa. Pero antes de iniciar el descenso, Laura miró alrededor y preguntó:

– ¿Dónde está Bruno?

– A lo mejor ha empezado a bajar solo -dijo Livia.

– ¡Dios mío, pero si solo no puede! Siempre tengo que cogerlo de la mano -replicó Laura.

Se asomaron a mirar. Desde allí se veían unos veinte peldaños, pero después la escalerita giraba hacia un lado. Bruno no estaba a la vista.

– Es imposible que haya podido bajar más -dijo Guido.

– ¡Ve a ver, por el amor de Dios! ¡Puede haberse caído! -exclamó Laura, que ya empezaba a ponerse nerviosa.

Guido, seguido por las miradas de Laura y Livia, bajó corriendo, desapareció al llegar a la curva y volvió a aparecer en ella al cabo de menos de cinco minutos.

– He recorrido toda la escalera. No está; id a ver en casa, a lo mejor lo hemos dejado encerrado dentro -indicó, levantando la voz y respirando afanosamente.

– Pero ¿cómo lo hacemos? ¡Las llaves las tienes tú!

Guido, que había tratado de ahorrarse la subida, llegó arriba soltando maldiciones, abrió la verja de la terraza y la puerta cristalera. E inmediatamente se oyó un coro:

– ¡Bruno! ¡Bruno!

– Este imbécil de niño es capaz de pasarse todo un día escondido debajo de una cama sólo para fastidiarnos -dijo Guido, que ya estaba perdiendo la paciencia.

Lo buscaron por toda la casa, debajo de las camas, dentro del armario, encima del armario, debajo del armario, en el trastero de las escobas. Nada. En determinado momento, Livia dijo:

– Pues tampoco se ve a Ruggero…

Era verdad. El gato, que por regla general se metía entre los pies de la gente como bien sabía Guido, también parecía haber desaparecido.



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