
– ¿Nada?
– Nada.
Laura abrazó a Livia y se echó a llorar.
– ¿Habéis visto? ¿No os decía yo que ésta es una casa maldita?
– ¡Tranquilízate, Laura, por el amor de Dios! -exclamó su marido. El único resultado que obtuvo fue que arreciara el llanto de Laura.
– ¿Qué podemos hacer? -preguntó Livia.
Guido tomó una decisión.
– Voy a llamar a Emilio, el alcalde.
– ¿Por qué precisamente al alcalde?
– Le pediré que me mande la consabida cuadrilla. O algún vigilante. Cuantas más personas lo busquemos, mejor. ¿No te parece?
– Espera. ¿No sería mejor que llamaras a Salvo?
– Quizá tengas razón.
Veinte minutos después llegó Montalbano con un vehículo de servicio conducido por Gallo, el cual había realizado una carrera digna de Indianápolis.
Al bajar, el rostro del comisario parecía un poco cansado, amarillento y amargado, pero era el aspecto que siempre ofrecía tras viajar en automóvil con Gallo.
Livia, Guido y Laura se pusieron a contarle lo ocurrido todos a la vez, por lo que Montalbano sólo pudo comprender algo prestando mucha atención, tras lo cual se detuvieron a la espera de sus palabras, sin duda decisivas, con la misma actitud de quien confía en alcanzar una gracia de la Virgen de Lourdes.
– ¿Podría beber un poco de agua? -fue, por el contrario, la ansiada respuesta.
Necesitaba recuperarse, no sólo del sofocante calor sino también de la hazaña de Gallo. Mientras Guido iba por el agua, las dos mujeres lo miraron decepcionadas.
– ¿Dónde crees que puede estar? -preguntó Livia.
