
– No sientes, ¿por qué no sientes? -preguntó después.
– Sí siento, pero el final no lo entendí.
– Pues el final es lo que importa -dijo hablando con el cielo. ¡Ay estas viejas! ¿Cuándo aprenderán?
Y se quedó dormido.
Yo me pasé toda la noche despierta, como encendida. Anduve caminando. Por las piernas me corría un liquido, lo toqué. No era mío, él me lo había echado. Al amanecer me fui a dormir con mis cavilaciones. Cuando él me sintió entrar en la cama nomás estiró un brazo y me lo puso encima. Despertamos con los cuerpos trenzados.
– ¿Por qué no me enseñas? -le dije.
– ¿A qué?
– Pues a sentir.
– Eso no se enseña, se aprende contestó.
Entonces me propuse aprender. Por lo pronto me dediqué a estar flojita, tanto que a veces parecía lela. Andrés hablaba y hablaba mientras caminábamos por la playa; yo columpiaba los brazos, abría la boca como si se me cayera la mandíbula, metía y sacaba la barriga, apretaba y aflojaba las nalgas.
¿De qué tanto hablaba el general? Ya no me acuerdo exactamente, pero siempre era de sus proyectos políticos, y hablaba conmigo como con las paredes, sin esperar que le contestaran, sin pedir mi opinión, urgido sólo de audiencia. Por esas épocas andaba planeando cómo ganarle al general Pallares la gubernatura del estado de Puebla. No lo bajaba de péndelo pero se ocupaba de él como si no lo fuera.
– No ha de ser tan pendejo donde te preocupa -le dije una tarde. Estabamos viendo la puesta del sol.
– Claro que es un pendejo. Y tú qué te metes, ¿quién te pidió tu opinión?
– Hace cuatro días que hables de lo mismo, ya me dio tiempo de tener una opinión.
– Vaya con la señorita. No sabe ni cómo se hacen los niños y ya quiere dirigir generales. Me está gustando -dijo.
