– Ni siquiera me has preguntado si me quiero casar contigo -dije. ¿Quién te crees?

– ¿Cómo que quién me creo? Pues me creo yo, Andrés Ascencio. No proteste y súbase al coche. Entró a la casa, cruzó tres palabras con mí

papá y salió con toda la familia detrás.

Mi mamá lloraba. Me dio gusto porque le imponía algo de rito a la situación. Las mamás siempre lloran cuando se casan sus hijas.

– ¿Por qué lloras mamá?

– Porque presiento, hija.

Mi mamá se la pasaba presintiendo. Llegamos al registro civil. Ahí estaban esperando unos árabes amigos de Andrés, Rodolfo el compadre del alma, con Sofía su esposa, que me miró con desprecio. Pensé que le darían rabia mis piernas y mis ojos, porque ella era de pierna flaca y ojo chico. Aunque su marido fuera subsecretario de guerra.

El juez era un chaparrito, calvo y solemne.

– Buenas, Cabañas -dijo Andrés.

– Buenos días, general, qué gusto nos da tenerlo por aquí. Ya está todo listo.

Sacó una libreta enorme y se puso detrás de un escritorio. Yo insistía en consolar a mi mamá cuando Andrés me jaló hasta colocarme junto a él, frente al juez. Recuerdo la cara del juez Cabañas, roja y chipotuda como la de un alcohólico; tenía los labios gruesos y hablaba como si tuviera un puño de cacahuetes en la boca.

– Estamos aquí reunidos para celebrar el matrimonio del señor general Andrés Ascencio con la señorita Catalina Guzmán. En mi calidad de representante de la ley, de la única ley que debe cumplirse para fundar una familia, le pregunto: Catalina, ¿acepta por esposo al general Andrés Ascencio aquí presente?

– Bueno -dije.

– Tiene que decir sí -dijo el juez.

– Sí -dije.

– General Andrés Ascencio, ¿acepta usted por esposa a la señorita Catalina Guzmán?

– Si -dijo Andrés. La acepto, prometo las deferencias que el fuerte debe al débil y todas esas cosas, así que puedes ahorrarte la lectura. ¿Dónde te firmamos? Toma la pluma Catalina.



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