
«De todos modos hay que hacerlo», pensó. «Al menos confirmaremos que nadie ha visto nada.»
Volvió a su despacho y llamó de nuevo al hospital. Pero nada había cambiado. La anciana aún luchaba por su vida. Cuando colgó, Näslund entró en su despacho.
– Tenía razón -dijo.
– ¿Razón?
– El abogado de Månson se puso furioso.
Kurt Wallander se encogió de hombros.
– Tendremos que resignarnos a vivir con eso.
Näslund se rascó la frente y preguntó cómo iban las cosas.
– De momento, nada. Hemos empezado. Eso es todo.
– He visto que llegaba el informe preliminar del médico forense.
Kurt Wallander frunció el entrecejo.
– ¿Por qué no me lo han dado a mí?
– Está en el despacho de Hanson.
– ¿Qué coño hace allí?
Kurt Wallander se levantó y salió al pasillo. «Siempre lo mismo», pensó. «Los papeles no llegan adonde deben.» Aunque el trabajo de la policía se registraba cada vez con mayor frecuencia en los ordenadores, los papeles importantes aún tendían a extraviarse.
Hanson estaba hablando por teléfono cuando Kurt Wallander llamó a su puerta y entró. Vio que la mesa de Hanson estaba cubierta de boletos de juego y programas de diferentes hipódromos del país. En la comisaría todo el mundo sabía que Hanson se pasaba la mayor parte de su jornada laboral llamando a diversos entrenadores de caballos para pedir soplos. Dedicaba las noches a idear sistemas de apuestas que le garantizaran las mayores ganancias. Corrían rumores de que una vez le había tocado un gran premio. Pero nadie lo sabía con certeza. Y no se podía decir que nadara en la abundancia.
Cuando Kurt Wallander entró, Hanson tapó el auricular con la mano.
– El protocolo del informe del forense -dijo Kurt Wallander-. ¿Lo tienes tú?
Hanson apartó un programa de las carreras de Jägersro.
– Ahora mismo te lo iba a llevar.
