
De las dos fechas, la cuna y la sepultura, el principio y el fin de cada uno, estoy muy cerca de la segunda y lejísimos de la primera. Pero estoy anticipando demasiado para un prólogo, vestíbulo del libro en que nos saludamos. Ya habrá tiempo y páginas para decirlo todo. Todo: mis dichos, disparates, dictados y dicterios: todo.
Lector (si existes), yo sé que no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para animarme. Lector, yo sé que eres indigno de poner un pie en mi casa, pero una palabra tuya bastará para crearme. Lector, yo sé que no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.
Verás la gente que he conocido, las ciudades en las que vivo, las edades que tuve, los libros que sigo leyendo, lo que pensé y pienso, lo poco que hice y lo menos que me hicieron. Trozos de lo vivido y pedazos de mí mismo que quizá lleguen a coincidir conmigo. Fragmentos de lo que viví, pero no en el orden en que pasó, sino en el orden con que sale del olvido. Este es mi índice, no el dedo, sino el sumario de mi vida. Y este es mi índice, ahora sí digo el dedo, que se levanta y se vuelve sobre mí para apoyarse en el esternón mientras digo una vez más: yo. Yo. Yo y punto. Lo que he venido a ser, si es que soy algo, después de todo lo que he sido. Esto.
