Además, lo cierto era que casi siempre se aburría. Quienes decían de ella que era una joven de vuelta de todo acertaban mucho más de lo que sospechaban al recurrir a aquel tópico.

SyKa miró a los lados. Sus empleados, Adriano y Fabiano Sousa, se habían quedado dormidos después de una breve sesión de sexo que había resultado no mucho más apasionante que el cóctel. Sybil recurrió durante un segundo al Habla y les envió una señal de alerta para despertarlos. Después, le bastó chasquear los dedos para que ambos gemelos se levantaran, recogieran sus ropas del suelo y salieran de la alcoba pisando de puntillas. Los dientes de Fabiano, implantes de cristal bioluminiscente, brillaron en la oscuridad como un diminuto enjambre de luciérnagas antes de desaparecer tras la puerta.

Sybil tomó el móvil de la mesilla, pronunció un nombre de dos sílabas y añadió: «Sólo audio».

– Así que tú también lo has notado -afirmó una voz masculina al otro lado de la línea.

– Sí.

Hubo un instante de silencio. Habían hablado tanto entre ellos que muchas veces no encontraban palabras que decir.

– Tú eres la mujer. Eres quien mejor entiende cómo funciona su mente -dijo él por fin.

– Una vez creíste que había otra mujer que podía entenderla mejor.

– Escucha…

– Y por eso lo echaste todo a perder.

– No fue culpa mía, Isa. -Aquél era el diminutivo de su antiguo nombre, un nombre que sólo él conocía-. Además, aquello ocurrió hace mucho.

– Ya sabes que yo nunca perdono.

«Y por eso nunca volviste a tener mi cuerpo, ni lo tendrás», añadió Sybil para sí.

– Está bien -dijo él-. Hazme todos los reproches que quieras, pero dime cómo lo interpretas.

– La Gran Madre ha despertado cargada de energías -respondió Sybil-. Es una lástima que no podamos aprovecharlas.

– Todo se puede aprovechar.

– No, a menos que consigamos que ella nos oiga. Y ya no tenemos la herramienta que necesitamos.



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