
Entrevistador: Tengo entendido que la cultura minoica también destacó por sus artes.
Rena: Así es. La prueba son los frescos que decoran los palacios y las casas de Creta y Santorini. Son increíblemente vivos y elegantes, y demuestran que los minoicos eran un pueblo que amaba la naturaleza y que sabía disfrutar de la vida.
Entrevistador: Hay quien dice que eran prácticamente pacifistas… (Sideris carraspea).
Sideris: Llamarlos pacifistas resulta un tanto excesivo. Es cierto que sus ciudades no tenían murallas…
Rena: Lo cual ya demostraría algo sobre ellos.
Sideris: Sólo demuestra que no necesitaban murallas porque su flota dominaba los mares y no temían invasiones del exterior. Por otra parte, en contra de esa visión tan pacifista está el asunto de los sacrificios humanos.
Entrevistador: ¿Sacrificios humanos? Eso no suena muy civilizado. ¿A qué se refiere?
Sideris: En un lugar llamado Anemospilia se encontraron pruebas de que dos sacerdotes, un hombre y una mujer, habían sacrificado a un joven.
Entrevistador: ¿Qué tiene que decir ante eso, doctora Christakos?
Rena: Yo no generalizaría a partir de ese hecho. Un solo sacrificio no es más que una anécdota en una civilización que duró tantos siglos. Me cuesta creer que la misma cultura que otorgaba tanta importancia a la mujer y prefería representar fiestas que batallas se complaciera arrancando corazones humanos.
El pasadizo desembocaba en una sala rectangular. La pared sur era de roca viva, pero las otras tres estaban recubiertas de yeso y pinturas. Olía a resina acrílica, lo que significaba que Sideris había empezado con las tareas de conservación: en algunos puntos se veían tiras de gasa y papel japonés que evitaban que los fragmentos descascarillados se desprendieran.
