
Por alguna razón, aquella noticia apenó a Gabriel. Había leído algunos fragmentos de Volcanes y arqueología como bibliografía para su propio capítulo sobre la Atlántida, y la autora le había caído simpática por su tono mordaz y hasta un tanto pendenciero. «Qué mala suerte para una mujer morir de un infarto», pensó. Era como si le hubiera tocado el antigordo de la lotería.
Ya había visto la película que ponían en el AVE, de modo que siguió viendo noticias en su móvil. Abundaban los tonos catastrofistas. Unos vendavales cada vez más Inertes seguían arrastrando arena de las estepas de Mongolia, enterrando las tierras cultivables de la región nororiental de China y haciendo la vida aún más difícil a los habitantes de Pekín. En Estados Unidos la temporada de tornados estaba siendo peor que nunca, o al menos así lo proclamaba la prensa, y los vientos del oeste que azotaban el centro del país recordaban la terrible época de la Dust Bowl.
En general, el clima se encontraba más revuelto que nunca, como si una horda de diablillos traviesos alimentara el sistema con nuevas dosis de energías para atizar el caos.
Incluso la corteza terrestre, cuyos movimientos y cambios solían producirse en una escala mucho más pausada, parecía haberse contagiado de la inquietud de la atmósfera. En las últimas horas se habían producido temblores de tierra en diversos lugares del globo, como en Santorini o el interior de Alaska. En Indonesia, un seísmo de más de 7 grados en la escala Richter había provocado casi mil muertos.
Algunos volcanes parecían dispuestos a sumarse a la fiesta. Un titular rezaba:
Nuevas señales de alerta en el Vesubio. Cuatro millones de personas amenazadas.
Gabriel pinchó en la noticia, cuyo enfoque le resultó peculiar. El sábado anterior se había celebrado en Nápoles un ritual que se repetía tres veces al año.
