Caramba. ¿Habría una mujer sobre la Tierra que pudiera resistirse a aquella mirada? Si así era, bendita fuera.

Rápidamente Lexie reflexionó sobre su oferta, y con la misma rapidez decidió aceptar. Con aquel dinero extra que podría ganar dándole clases al vaquero, toda vez que la temporada turística decaía, él también podría ser la respuesta a sus oraciones.

Lo informó de su tarifa por hora y él aceptó sin pestañear.

– ¿Cuándo empezamos? -le preguntó, echando una mirada a la piscina llena de gente.

– La piscina permanece abierta las veinticuatro horas del día, pero normalmente al anochecer o un poco antes es cuando no hay gente. ¿Por qué no quedamos hoy aquí a las nueve?

– A las nueve me parece estupendo. Gracias.

– De nada -Lexie miró su reloj y vio que el rato del almuerzo se había pasado ya-. Ahora tengo una clase de buceo, pero te veré esta noche.

Él se tocó el sombrero y añadió:

– Estoy deseando que llegue el momento, señorita.

Josh la observó mientras avanzaba entre las mesas a toda prisa de camino a la playa. Paseó la mirada por su espalda, notando los músculos suaves de sus muslos y piernas de un tono dorado. Era menuda y compacta, pero muy bien hecha. Entre las gafas de sol oscura y la gorra de béisbol, no había podido verle bien la cara, pero sin duda era bonita y tenía una sonrisa agradable. Y unos labios maravillosos.

Algunos amigos suyos preferían las piernas de las mujeres, otros los pechos, otros el trasero. Él, aunque sin duda apreciaba todos esos atributos femeninos, podría definirse a sí mismo como un «hombre de labios». Y Lexie Webster tenía una boca de labios bien dibujados, carnosos y suaves; una de esas bocas que lo hacían temblar…



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