– Estupendo, Josh.

Él meneó las cejas.

– Te dije que respirar se me daba bien. ¿Cuál es el paso siguiente?

– Veamos qué tal das patadas.

De nuevo estiró la espalda mientras se echaba el cabello hacia atrás, y una sonrisa encantadora, con hoyuelo incluido, asomó a sus labios

– Adelante, señorita Lexie.

El pulso se le aceleró. Aquel hombre era sin duda potente. Como un trago de brandy. Y esa sonrisa suya… ¡Dios bendito! Generaba calor suficiente para freír un huevo. Fijó la vista en su boca, aquella boca encantadora y deliciosa… Sin duda besaría de maravilla.

¡Pero de dónde había salido eso!

Lexie apretó los labios, fue hacia el borde de la piscina donde había dejado las dos planchas, y aprovechó para echarse a sí misma una reprimenda. «Deja de hacer tonterías, pedazo de tonta. Lo estoy mirando como si fuera un costillar y yo estuviera muerta de hambre. He compartido actividades acuáticas con decenas de hombres atractivos. Maldita sea, estuve a punto de casarme incluso con uno de ellos. De modo que a dejar de mirar y a centrarse en el trabajo».

Eso la hizo sentirse mejor, más en su sitio. No podía negar que aquel hombre le hacía sentir un cosquilleo que no podía ignorar. La natación no era un deporte de contacto, de modo que no tenía por qué tocarlo.

Lexie le pasó una de las planchas y sonrió.

– A mover esas piernas.

Después de mostrarle cómo agarrar la plancha, con los brazos extendidos empezaron a dar patadas muy despacio, el uno junto al otro. Después de unas cuantas, Lexie le enseñó cómo añadir su lección anterior metiendo la cara en el agua y volviéndola para respirar. Treinta minutos después, le dijo que parara. De pie en la parte de la piscina que no cubría, aplaudió a su alumno.

– Buen trabajo, Josh. Nadarás como un pez a finales de semana.

Él se puso de pie y Lexie se aplaudió para sus adentros por conseguir mantener su errante mirada fija en la cara de Josh.



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