Una enorme jaula dominaba el centro del vestíbulo de suelo de parqué. En el centro, sobre un columpio de madera, Josh vio el loro más grande que había visto en su vida, con plumas de bellos colores y una cola que llegaba casi hasta el fondo de la jaula. De urnas de porcelana pintadas con flamencos y peces multicolores brotaban grandes plantas. Las paredes en tono salmón brillaban tras la mesa de recepción de mármol verde. Josh estiró la cabeza para ver qué había más allá de la zona de recepción, y vio un trozo de piscina brillante, una franja de arena blanca y el mar azul más allá. Una brisa agradable soplaba por el vestíbulo, refrescándolo del calor.

Dios, cuánto le habría gustado a papá aquel lugar. Los colores vivos, el aire salado, los gritos de las gaviotas. Un agudo sentimiento de pesar se apoderó de Josh. ¿Dejaría alguna vez de sentir aquel dolor que aparecía de repente? Seguramente no. Aunque tal vez después de conseguir lo que había ido allí a hacer el dolor menguara un poco.

Miraría la arena blanca y el mar azul y tragaría saliva. Sí, papá había pasado toda su vida deseando ir a un sitio como aquel, pero jamás había tenido la oportunidad de ver el océano. La cara risueña y arrugada de su padre se le apareció en la mente con tanta claridad que parecía como si Bill Maynard estuviera allí con él. Tantas veces había dicho que cuando se jubilara en el rancho iba a aprender a navegar y a hacerlo por el Mediterráneo.

Su padre había planeado aprender, y que Josh lo hiciera con él. A menudo el hombre se había imaginado navegando en las aguas cristalinas junto a su hijo, cocinando la pesca del día en la parrilla.

El grito del loro sacó a Josh de su ensimismamiento, y lo invitó a dejar a un lado sus recuerdos. Era hora de registrarse, de deshacer la bolsa, de ponerse algo para ir a la playa y de empezar a hacer realidad el sueño que su padre había planeado hacía tres décadas.



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