
Todo lo que cualquier turista necesitado de descanso pudiera desear lo podía encontrar en el Whispering Palms. Y Lexie estaba orgullosa de haber contribuido en gran medida a montar e implementar el programa de actividades. Por supuesto, toda vez que la temporada turística tocaba a su fin, la cosa estaría más floja hasta Acción de Gracias, cuando volvía a remontar un poco. Echaría de menos el paso agotador de los joviales grupos, y desde luego echaría en falta el dinero extra que ganaba durante el verano trabajando por la tarde-noche y por la mañana temprano en el Club del Campamento Infantil del complejo o dando clases particulares de natación o de buceo. Guardaba cada dólar que podía, esperando a que su pedazo de cielo se pusiera en venta.
En la mente apareció una imagen de la cala con palmeras de la que se había enamorado. Era un lugar privado, apacible, perfecto. Y cuando finalmente saliera a la venta, sería caro. Y según Darla, se lo quitarían de las manos al propietario. Lexie necesitaría todo el dinero posible para actuar con rapidez.
Y hablando de actuar con rapidez… Lexie echó una mirada a su Timex resistente al agua. Tenía que acompañar a un grupo de submarinismo en menos de media hora. No había tiempo de soñar despierta si tenía la intención de tomar un almuerzo muy necesitado en el Patio Marino. Cuando se había quitado el traje de neopreno y estaba a punto de hacer lo mismo con los calcetines, le llamó la atención un hombre que había en el vestíbulo. Estaba claro que acababa de registrarse, pues tenía en la mano el colorido folleto con las actividades del complejo y que contenía también la tarjeta con la que accedería a su habitación. Vestido con sombrero texano, camisa vaquera de manga larga, pantalones ajustados, un cinturón con la hebilla más grande que Lexie había visto en su vida y botas texanas, su indumentaria no era la más adecuada para la playa. Pero a Lexie no le importó; incluso desde donde estaba ella le quedó muy claro lo bien que rellenaba los vaqueros.
