– No.

– E iba conduciendo. ¿Estaba… borracho ?

Me di la vuelta. Aquello me repugnaba. No tenía intención de denunciar a mi padre, de la misma manera que no hubiera denunciado a mi madre ante mi padre.

Habíamos salido a trompicones de la cocina cálidamente iluminada, con armarios de reluciente madera de arce y bisagras de latón y encimeras de fórmica de color calabaza, a una especie de descansillo oscuro, siempre con olor a humedad, junto a la escalera que llevaba al segundo piso. Como en una danza agresiva mi madre parecía querer acercárseme a empujones. Y me echaba en la cara un aliento que olía a algo agrio, frenético.

Lucille no bebía, pero Lucille tenía una medicina recetada por el médico con el nombre impronunciable de Diaphra… y algo más.

– ¿Dónde vas tan deprisa, Krista? ¿Por qué tienes tantas ganas de alejarte de mí?

– No es cierto, mamá. Quiero ir al baño. Tengo la ropa mojada y me la quiero cambiar.

– ¿Te ha hecho correr bajo la lluvia? ¿Ni siquiera te ha traído hasta casa?

– Hay un «mandamiento judicial» contra él, mamá. Podrían detenerlo si entrara en esta propiedad.

– Deberían detenerlo por no respetar el acuerdo sobre tu custodia. Por ir a buscarte al instituto, porque supongo que es eso lo que ha hecho, sin mi permiso y sin saberlo yo. Deberían detenerlo por conducir borracho.

Yo trataba de sonreír para aplacarla. Trataba de escabullirme sin tocarla, porque temía que el roce me quemara.

Con frecuencia me sorprendía, una sorpresa que me angustiaba y me emocionaba, descubrir que mi madre ya no era tan alta como antaño. Y es que, como por arte de magia, yo había llegado a ser más alta y más temeraria. Mis pechitos, firmes, tenían el tamaño de los puños de un bebé, pero los pezones se me estaban agrandando, adquirían un color intenso, como de bayas, y eran muy sensibles; llevaba ya aquellos pechos míos tiernamente sostenidos por un sujetador blanco de algodón de la talla 32A.



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