Ella se sentó en la orilla cubierta de hierba y comenzó a exprimir su vestido, ofreciendo a Robert una deliciosa vista de sus pantorrillas desnudas.

¿Dónde había escondido sus medias?, se preguntó. Y luego, como guiada por ese sexto sentido femenino sólo parecía poseer, ella volvió la cabeza bruscamente y miró a su alrededor. -¿Robert? – Dijo en voz alta. -¡Robert! Sé que estás ahí.

Robert se quedó inmóvil, seguro de que nunca había conocido antes, seguro de que nunca se habían presentado, e incluso algunos más que incluso si lo hubieran hecho, no sería lo llamaba por su nombre.

– Robert -dijo ella, bastante le gritaba ahora. -Insisto en que te muestres.

Dio un paso adelante. -Como usted quiera, mi lady. -Dijo haciendo una reverencia cortés.

Ella parpadeó abriendo su boca y se puso de pie. Luego se debió dar cuenta de que estaba todavía con el dobladillo de su vestido en sus manos, dejando al descubierto sus rodillas para todo el mundo las vea. Dejó caer el vestido. -¿Quién diablos es usted?

Él le ofreció su mejor sonrisa torcida. -Robert.

– No es Robert -farfulló ella.

– Lamento diferir con usted-, dijo, ni siquiera tratando de contener su diversión.

– Bueno, usted no es mi Robert.

Un inesperado ataque de los celos corrió a través de él. -¿Y quién es su Robert?

– Él es… Él es… No veo cómo eso sea de su incumbencia.

Robert ladeó la cabeza, simulando cavilar en el asunto. -Uno podría ser capaz de abordar este asunto sosteniendo que como esta es mi tierra y sus faldas están empapadas con agua de mi estanque, entonces sí es mi incumbencia.

El color desapareció de su rostro. -Oh, querido Señor, usted no es su señoría.

Él sonrió. -Soy su señoría.

– ¡Pero, pero su señoría se supone que es viejo!- Ella se veía más perpleja que angustiada.

– Ah. Veo nuestro problema. Soy el hijo de su señoría. El otro “Su señoría”. ¿Y usted es…?



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