
– Yo no apruebo sarcásticas ternuras, Señorita Lyndon. Le sugiero que reflexione, esta noche, lo presuntuoso de su comportamiento. No ocupa un lugar que le permita asignar apodos a sus superiores. Buenos días.
Victoria se esforzó por no bostezar cuando Lady Hollingwood giró sobre sus talones y se marchó. No le importaba si el marido de lady Hollingwood era un barón. No había manera en este mundo que considerara a Neville Hollingwood, un mocoso de cinco años, como su superior.
Apretó los dientes y gritó: -¡Neville!
– ¡Señorita Lyndon!
Victoria gimió para sus adentros. No de nuevo.
La lady Hollingwood dio un paso hacia ella, luego se detuvo, levantando el mentón imperiosamente en el aire. Victoria no tuvo más remedio que caminar hacia ella y decir: -¿Sí, mi lady?
– Yo no apruebo su manera tosca de gritar. Una dama nunca levanta la voz.
– Lo siento, mi lady. Sólo estaba tratando de encontrar al pequeño amo Neville.
– Si lo hubiera estado observando correctamente, no se encontraría en esta situación.
En opinión de Victoria, el muchacho era tan escurridizo como una anguila y ni el mismísimo almirante Nelson hubiera podido retenerlo durante más de dos minutos, pero mantuvo esos pensamientos en privado y finalmente dijo: -Lo siento, mi lady.
Los ojos de Lady Hollingwood se estrecharon, indicando claramente que no creía, ni por un momento, que la disculpa de Victoria fue sincera. -Espero que se comporte con más decoro esta noche.
– ¿Esta noche, mi lady?
– La fiesta en casa, la señorita Lyndon-. La mujer suspiró como si se tratara de la vigésima vez que había tenido que explicar esto a Victoria, cuando en realidad ella nunca lo había mencionado antes. Además, los criados inferiores, nunca hablaban con Victoria, por lo que rara vez estaba al tanto de los chismes.
– Vamos a tener invitados para los próximos días-, continuó la Señora Hollingwood. -Muy importante huéspedes. Varios barones, algunos vizcondes, e incluso un conde. Lord Hollingwood y yo nos movemos en altos círculos.
