
– De verdad.
– Me imagino que el hijo de un marqués que tiene una larga lista de nombres.
– Me temo que sí.
Ella suspiró dramáticamente. -Pobre de mí. No tengo más que dos.
– ¿Y son ellos?
Lo miró de reojo, con expresión definitivamente coqueta. El corazón de Robert se disparó.
– Victoria María,-respondió ella-.¿Y tú? Si se me permite el atrevimiento de preguntar.
– Phillip Robert Arthur Kemble.
– ¿Ha perdido el título?- le recordó.
Se inclinó hacia ella y le susurró: -Yo no quiero asustarte.
– Oh, yo no soy de las que se asustan tan fácilmente.
– Muy bien. Conde de Macclesfield, pero es sólo un título de cortesía.
– Ah, sí -, dijo Victoria. -Usted no consigue un título real hasta que su padre muera. Los aristócratas son gente extraña. -Levantó las cejas.
– Estos sentimientos probablemente aún podrían ser causa de un arresto en algunas partes del país.
– Oh, pero no aquí, – dijo con una sonrisa socarrona. -en su tierra, al lado de su lago.
– No-dijo él, mirándola a los ojos azules y encontrando el cielo. -Ciertamente no aquí.
Victoria no parecía saber cómo reaccionar ante el hambre en su mirada, y ella apartó la mirada. Hubo un minuto de silencio antes de que Robert volviera a hablar.
– Lyndon. Hmmm. -Él ladeó la cabeza en el pensamiento. -¿Por qué ese nombre tan familiar?
– Papa es el vicario de la nueva Bellfield.- Victoria respondió. -Tal vez su padre le mencionó.
El padre de Robert, el marqués de Castleford, estaba obsesionado con su título y sus tierras, y con frecuencia daba conferencias a su hijo sobre la importancia de ambos. Robert no tenía ninguna duda de que la llegada del nuevo vicario había sido mencionada como una parte de uno de los sermones diarios del marqués. También no tenía ninguna duda de que él no había estado escuchándolo.
