
Thomas Dalton. El director de los almacenes Dalton.
Claudia esperaba que fuese mayor, quizá con el pelo, gris y una barriguita escondida bajo la chaqueta del traje. Pero aquel hombre la pilló por sorpresa.
Thomas Dalton era un hombre guapísimo. Alto, moreno, atlético, llevaba la ropa con una elegancia natural, aunque el traje gris le daba un pronunciado aire de autoridad, no podía disimular su atractivo juvenil. Tenía la piel bronceada y el pelo un poco demasiado largo. Con toda seguridad no pasaba de los treinta años.
Y había otra cosa, algo que Claudia había visto muchas veces en los hombres poderosos algo que también tenía Thomas Dalton. En unos segundos se dio cuenta de que esperaba controlar todo lo que había a su alrededor simplemente con un gesto de impaciencia. Lo estaba haciendo en aquel momento, mirándola con expresión distante y ligeramente irritada.
¿Por qué se molestaba en entrevistar a una chica que quería ser paje de Santa Claus?, se preguntó. Pero no pensaba tentar a la suerte. Y tampoco dejaría que un hombre la asustase. Si aprovechaba el malentendido, quizá ni siquiera tendría que pasar un par de días como paje de Santa.
Claudia empezó a diseñar una estrategia periodística. Dejaría que hablase y cuando lo viera más concentrado, le haría una pregunta capciosa. Al mismo tiempo, intentaría convencerlo de que ella era la mejor para el puesto, por si acaso.
– Lencería-dijo él, tomando una carpeta-. Hábleme de su experiencia en el negocio de la lencería.
Claudia parpadeó. Evidentemente se había equivocado de oficina. Aunque si estuviera en una isla desierta o atrapada en un estrecho ascensor, Thomas Dalton sería el hombre perfecto para hacerle compañía.
– Pues… todo el mundo lleva ropa interior.
Aquella frase resumía todo lo que sabía sobre el tema.
