– En marcha -le dijo, y tiró con suavidad de la sudadera del muchacho para ponerlo en pie-. ¿Por qué no venís conmigo en el Jeep?

Nada más sentarse en el vehículo, Nick lamentó no haber tardado un momento más y haberse puesto unos calzoncillos. La tela vaquera lo raspaba cada vez que cambiaba de marcha. Por si fuera poco, la carretera de la Vieja Iglesia estaba plagada de hoyos, recuerdo de las lluvias de la semana anterior. La grava salpicaba el vehículo mientras él iba sorteando los baches más peliagudos.

– ¿Se puede saber qué hacíais en este cenagal? -nada más decirlo, cayó en la cuenta. No le hacía falta tener diecisiete años para recordar las ventajas que ofrecía una vieja carretera abandonada-. No me lo digáis -añadió antes de que pudieran contestar-. Decidme solamente por dónde es.

– Todavía falta un kilómetro o kilómetro y medio. Nada más pasar el puente. Hay una cañada que va paralela al río.

Advirtió que Ashford había dejado de balbucir; quizá se le estuviera despejando la cabeza. La chica, en cambio, que estaba sentada entre Nick y su novio, no había dicho una palabra.

Nick redujo la velocidad cuando el Jeep cruzó traqueteando el puente de madera. Encontró la cañada incluso antes de que Ashford se la señalara, y avanzaron a trompicones y resbalones por el camino de tierra cenagosa.

– ¿Hasta los árboles? -Nick lanzó una mirada a Ashford, que se limitó a asentir. Cuando se acercaron al recodo resguardado por los arces, la joven ocultó el rostro en la sudadera del muchacho.

Nick frenó, apagó el motor pero dejó encendidos los faros. Se inclinó hacia la guantera para sacar una linterna.

– Esa puerta se atranca -le dijo a Ashford, y vio cómo los dos se miraban a los ojos. Ninguno hizo ademán de apearse del Jeep.

– No dijiste que tendríamos que volver a verlo -le susurró la joven a Ashford mientras se aferraba a su brazo.

Nick dio un portazo, y el golpe reverberó en el silencio.



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