Los golpes eran más fuertes e insistentes.

– ¡Ya voy! -gritó con impaciencia, aún dando gracias por la interrupción.

Cuando abrió la puerta, reconoció al hijo de Hank Ashford, aunque no recordaba su nombre. El muchacho andaba por los dieciséis o diecisiete años, era defensa del equipo de fútbol americano del instituto y tenía la corpulencia necesaria para desplazar a dos o tres jugadores a la vez. Sin embargo, aquella noche, en el porche delantero de la casa de Nick, tenía los hombros encogidos, las manos en los bolsillos, la cara desencajada y pálida. Temblaba de frío a pesar del sudor que le empañaba la frente.

– Sheriff Morrelli, tiene que venir… En la carretera de la Vieja Iglesia… Por favor, tiene que…

– ¿Ha habido un accidente? -sentía los picotazos del aire frío de la noche en la piel desnuda. Resultaba agradable.

– No, no es… No está herido. Dios mío, sheriff, es horrible -el muchacho volvió la cabeza hacia su coche; fue entonces cuando Nick distinguió a la joven en el asiento delantero. A pesar del resplandor de los faros, vio que estaba llorando.

– ¿Qué pasa? -inquirió Nick, pero el chico se limitó a cruzar los brazos y a balancearse sobre los pies, incapaz de hablar.

¿Qué estúpido juego se les habría ocurrido aquella vez? La semana anterior un grupo de chicos había estado jugando a las carreras con dos tractores de Jake Turner. El perdedor se había precipitado en una zanja llena de agua, dejando el morro incrustado bajo la superficie. Había tenido suerte de escapar sólo con alguna costilla rota y el leve castigo de pasarse dos partidos en el banquillo.

– ¿Qué diablos habéis hecho esta vez? -le gritó Nick.

– En la carretera de la Vieja Iglesia… Hemos encontrado… entre la hierba… Dios mío, hemos encontrado un… un cuerpo.

– ¿Un cuerpo? -Nick no sabía si creer al chico-. ¿Quieres decir un cadáver? -¿estaría borracho?



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