Cada tarde mi padre, invulnerable a los promisorios cantos de las boutiques y los almacenes, nos esperaba en el hotel, leyendo periódicos en varios idiomas.

No me apetecía enviarle a Cat una postal con una vista de la torre Eiffel, el Sena o Notre Dame. Antes o después siempre aparece en el buzón de cada uno una postal enviada desde París por un amigo, un amante o un simple conocido, y no quería que la mía se pareciera a ninguna de las que Cat habría recibido o recibiría desde París en toda su vida. El último día de mi estancia allí me detuve, de camino al hotel, en una tienda de cómics mugrienta y diminuta que se parecía demasiado a Metrópolis, la tienda favorita de Mónica. Cat recibiría una tarjeta de la nave Enterprise que me costó ocho francos. Cuando volví a Edimburgo encontré en mi buzón la tarjeta que Cat me había prometido: un retrato del doctor Spock. Supe entonces que estábamos condenadas a que nuestra historia prosperara.

Unos quince días después de conocerla hice un descubrimiento casi aterrador. Estaba sola en casa de Cat, me había quedado dormida en la cama después de una tarde que habíamos apurado haciendo el amor, y cuando abrí los ojos, con el cuerpo tembloroso de frío, descubrí que Cat se había marchado al restaurante. Una nota sobre la mesilla explicaba por qué, al verme dormir tan plácidamente, no había tenido el valor de despertarme. Ya había caído la noche y la oscuridad había engullido los perfiles de las casas. Abrí los armarios de Cat buscando un jersey con el que cubrir mis huesos ateridos y descubrí tres cajones allí dentro. El primero contenía ropa interior y calcetines; el segundo, jerseys; papeles el tercero. Entre los jerseys encontré un sobre cuya blancura indicaba su reciente llegada al cajón. No pude resistir la curiosidad: lo abrí y me encontré conmigo.



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